Y de repente se fue la luz, una sombra se abalanzó sobre mí. Resultó ser una masa de 120 Kg. ¡Una maldita gorda me estaba tapando la luz! Indignado, le dije - ¡Señorita! puede hacer el favor de apartarse, me tapa la luz. Se giró lentamente y su cabellera empezó a mover el aire como si de un huracán se tratase, pero en ese mismo instante el tiempo se paró, algo cambió en mí al ver esa cara. Era gorda, sí, lo era, pero su cara desprendía tal belleza que me dejó fascinado.
No pude contenerme, la besé con violencia, dejando salir mis sentimientos más oscuros. Ella respondía ardientemente, pidiéndome más y yo se lo daba. Estábamos a punto de quemarnos cuando le dije que podríamos ir a mi casa. Entre que asintió y llegamos no tardamos más de cinco minutos, los cinco minutos más largos de mi vida. En cuanto llegamos empezamos a desnudarnos como dos animales quitándonos la piel. En ese momento la vi de verdad: era enorme, realmente grande, pero me daba igual, su cara angelical fue lo que me llamó y ahí seguía estando y quería más. El bamboleo de su cuerpo en el colchón era hipnótico, casi podría haberme tirado días enteros observándolo. De hecho (sumando), lo hice, pero no adelantemos acontecimientos. Cuando acabamos nos rendimos a un placer descomunal, cayendo los dos en un profundo sueño.
Al día siguiente, por la mañana, todo fue un poco extraño, éramos dos desconocidos desnudos en el mismo colchón. Un colchón pequeño, tengo que añadir, lo que hacía que la situación fuera aún más paradójica. Me sentía como el capitán Ahab junto a su ballena, pero eso solo fueron los 30 primeros segundos; en cuanto se giró y me sonrió, su cara eclipsó todos los kilos que habían alrededor, incluso la habitación entera no existía. Estuvimos toda la mañana hablando y jugando y a mediodía se fue, tenía una comida familiar. Nos dimos los teléfonos y quedamos en vernos el lunes.
A decir verdad, cuando me quedé solo, me invadió un fuerte miedo al que dirán. Todos sabemos que socialmente, el estereotipo de belleza actual no son precisamente 120 kilos de carne puestos alrededor de un conjunto de huesos, y eso me hacía sentir mal. Puse la televisión: mala idea. No paraban de salir chicas esculturales, que solo iban incrementando las dudas sobre lo que había pasado anoche. Al rato me llamó un amigo y fuimos a tomar unas cañas. No le comenté nada, supongo que porque me sentía avergonzado. Menudo imbécil estoy hecho. Pero todo esto desapareció de un plumazo al recibir un mensaje de buenas noches, ya sabéis, de esos que te sientan tan bien que esa noche no duermes, vuelas en el colchón. Entonces fue cuando me di cuenta de que daba igual lo que pensara la gente, toda ella estaba hecha para mí.
En el barrio éramos conocidos como la gorda y el flaco, o el flaco y la gorda, daba lo mismo. Paseábamos siempre cogidos de la mano, mostrando nuestro amor con alegría. Éramos la envidia de los vecinos. Nadie podía llegar ni siquiera a imaginar lo bien que estábamos. Al menos yo. Ella siempre se sintió inferior por su peso, y aunque yo le demostraba una y otra vez que no me importaba, nunca parecía convencida. De hecho, estábamos en dos puntos opuestos, yo estaba totalmente enamorado de ella, me gustaban sus grandes curvas, el bamboleo al caminar y sus grandes mofletes. Ella en cambio fue sintiéndose cada vez peor cogida de mi brazo, decía que las chicas del barrio nos miraban y se reían.
Un día mi gorda, así la llamaba yo cariñosamente, le dio por hacer régimen, ese día fue nuestra perdición. Al cabo de cuatro meses, después de perder 30 Kg, la dejé. Había dejado de ser mi gorda, le faltaban kilos, kilos de amor.
malahierba & Huracán Romántica